Saque un verbo del cajón

Bienvenido. ¿Cómo se encuentra? ¿Le apetece un café o empezamos? Está bien, como quiera. Quiero que sepa, primero de todo, que este tipo de cosas me dan bastante reparo. Para mí esto debería de ser algo más natural y espontáneo… todo el rollo de las musas y tal, ¿sabe? Claro que eso está bien si tienes dinero en el bolsillo y pan en la boca, pero no es mi caso. Yo no hago esto porque me guste, lo hago porque necesito seguir viviendo y para seguir viviendo lo hago y así hasta morir. Disculpe mi crudeza, no suelo ser así de tajante y sincero, pero hoy no he tenido un buen día. Cosas personales, ya sabe. Sí, lo entiendo perfectamente, pero no se puede comparar. Un cirujano tiene una vida entre manos y no se lo puede permitir, pero creo que escribir relatos no llega a tanto, ¿no? No lo justifico, pero creo que no importa tanto que mi vida personal interfiera en ellos. Le doy la razón. Usted ha venido a que le escriba algo liviano, a evadirse de su tedioso mundo y yo le vengo con excusas y sugiriendo que tengo una mala vida. Lo siento de veras. Bueno, no crea que no lo tengo pensado, pero no me sale. ¿Cuando usted se mira a un espejo no se ve guapísimo? Exacto. A mí me pasa lo mismo cuando escribo relatos para mí. Creo que son los mejores y luego los saco a la calle y en comparación con los otros son horribles. Por eso mismo escribo para los demás. Además, yo no me puedo pagar a mi mismo. ¡Desde luego! Ningún problema. ¿Lo quiere con leche? Vale, vengo en un minuto. ¡No le oigo bien desde aquí! ¡Ah! Sí, sí, déjela sobre la mesa; ahí no estorbará. Bueno, aquí estamos. Déjeme un segundo que coja la libreta y empezamos. ¿Qué le gustaría leer hoy? ¿Quizás algo de misterio? Entiendo… ¿algo más cómico? Perfecto. Coja una de esas cartas, las de la izquierda. Dígame qué pone. ¿Enrique? Vale. Nuestro personaje es Enrique. Ahora escoja una de las grandes; esas mismas. ¿Qué dice? ¿Bosque? Qué gracia, hacía tiempo que no salía. Sólo queda el verbo y empezamos. Abra ese cajón y sáqueme uno, haga el favor. ¿Morir? Qué mala suerte ha tenido… ¡menos mal que me ha pedido uno cómico! Veamos, déjeme un segundo. Aquí voy:

 

Enrique decidió morir en el bosque, pero al llegar comprobó que el bosque no existía y que en su lugar había un gran centro comercial. El tumor en su cerebro se hizo sentir y su pierna izquierda, ya mermada y debilitada por la quimioterapia, dejó súbitamente de funcionar. Fue arrastrándose hasta el centro comercial y entró en el supermercado. Las luces blancas, el aire acondicionado y la megafonía anunciando las ofertas lo aturdieron todavía más, pero fue directo a la frutería. Compró una manzana, pagó religiosamente y escapó en cuanto pudo de aquella infernal mole. Buscó un rincón discreto y encontró uno de esos jardines típicos de centro comercial: cantos rodados encerrados en una malla de acero, unos metros cuadrados de perfecto césped y una fuente de colores. Bastaría. Se acurrucó en la hierba y se comió la manzana con pepitas y todo. Enrique decidió morir ahí mismo. Tumbado en el frío jardín. Ya no había bosque. Los helechos, las mimosas y el pedregal habían sido sustituidos por cuidado césped cultivado en viveros pijos. A él esto le daba igual. Tenía el bosque en su interior. Al menos un manzano en potencia. Si se escondía lo suficiente en unos meses crecería de su estómago descompuesto un manzano que invadiría ese horrible jardín. Sería su venganza ante el sistema.

 

Ya está. ¿Qué le parece? Vaya, es cierto. Le pido mil disculpas, me he ido totalmente de sus indicaciones aunque podría interpretarse como humor negro, ¿no? Ya, tiene razón. Le soy sincero, hoy no podría haber hecho otra cosa. Me tiene que disculpar. Por supuesto que no. No cobro por trabajo mal hecho. Siento haberle hecho perder el tiempo, vuelva otro día y quizás ya me haya curado de esta depresión. Gracias. Por cierto, tenga el relato. Yo ya no lo necesito; no lo puedo vender. Pues no sé, puede regalárselo a alguien o quemarlo si le apetece. Con el frío que hace estos días no estaría mal. Además no vale nada. Haré una cosa. Le regalo un verbo, ¿quiere? El que usted prefiera, sólo tiene que abrir el cajón. No es ninguna molestia hombre, lo hago porque quiero. No, pero de ese cajón no. Ahí están los verbos más aburridos, los que quiere todo el mundo. Creo que usted se merece algo mejor. Aquí mismo los tengo mejores. Sí, claro que estoy seguro. Tenga. Sujétela firme, no quisiera causarle problemas al casero después. Exacto; firme y con decisión. En un segundo le aseguro que podrá elegir el mejor verbo, el que más le guste y gratis. Tan solo apriete el gatillo, por favor.

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Ismael Alonso

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