La caída del héroe

Ya hacía varios meses que deambulaba por la casa, febril, aquello que un día habíamos llamado amor, y desde hacía algún tiempo se había instalado en su lugar — unas veces fogoso y desenfrenado, otras anémico y corrosivo— un odio mal disimulado. Se filtraba entre los grumos del zumo de las mañanas, crujía en la piel del asado de los domingos, estaba presente en cada rincón de nuestras vidas.

Aquella mañana estaba sola en casa; me di cuenta incluso antes de abrir los ojos. El aire estaba húmedo y viciado, dejando reptar por mis orificios nasales una mezcla de tabaco y sudor. Me levanté y abrí las puertas del diminuto balcón que daba a la calle. Con los ojos entornados, vi pasar a un anciano con su perro y a un par de adolescentes vestidos de uniforme. Un solo autobús urbano circulaba perezoso, como en una procesión donde fuera el único penitente.

Los últimos días habían pasado más lentos que de costumbre. Hacía más de una semana que no trabajaba en la novela, y todo parecía indicar que aquel día tampoco iba a retomarla. Me arrastré hacia el escritorio, donde esperaba, expectante desde la noche anterior, el portátil que Anxo me había regalado un par de Navidades atrás.

En el fondo de pantalla, sus ojos me miraban desde el verano de hacía dos años. Recordé aquel viaje por el norte de Escocia en bicicleta, y una sonrisa melancólica invadió mi cara. Sin saber por qué, abrí la carpeta donde guardaba las fotos y comencé a verlas. Clic. Una foto junto al lago en Inverness. Clic. Los dos subidos en nuestras bicis, completamente empapados, llegando a Oban. Clic. Una foto mía delante de un café espumoso. La sonrisa se fue diluyendo mientras recordaba cómo habían ido las cosas después, más tarde, ahora. Pero era aún tan vívida la sensación de la mañana que nos conocimos… Por aquel entonces, Anxo no trabajaba tantas horas, y nos habíamos visto varias veces en la cafetería del ayuntamiento. Hasta ese día, jamás habíamos cruzado una palabra. Cuando se acercó, se limitó a decirme:

—Te habrá costado una barbaridad conseguir ese pase sólo para verme. Es un detalle.

Tras la conmoción inicial, estallé en una carcajada. Él también rió y, apenas unas horas más tarde, estábamos haciendo el amor en este piso, en esta cama.

Cuando volvimos del viaje me instalé con él, y al poco tiempo ya había dejado el periódico para dedicarme a la novela. Le encantaba verme al llegar a casa, fuera la hora que fuera. Entre aquel verano y ese día, parecía abrirse una eternidad insalvable. Anxo había cambiado tanto su carácter que ya no sabía con quien vivía aquella semana: tal vez con el galán enamoradizo o con el misógino imperdonable, o con el niño asustadizo que temblaba ante la idea de que me marchara.

Me levanté y fui a la cocina, para encontrar la cafetera vacía y una taza sucia dentro del fregadero. Abrí la nevera para coger leche: un trozo de queso mohoso y un par de naranjas me miraron apesadumbrados. Cuando trabajaba en el periódico, me pasaba el día tomando café; preparaba un termo bien cargado y me intoxicaba toda la mañana. Anxo me repitió tantas veces que aquella era una práctica poco saludable, que ya no era capaz de tomar café solo.

Enfadada, volví a la habitación y cogí la ropa del día anterior de una silla. Me vestí los vaqueros de un respingo, saqué la chaqueta de cuero del armario y enfilé hacia la puerta. Cuando iba a alcanzarla, retrocedí y cogí el bolso de la mesa de la salita.

Bajé apresurada las escaleras. Al llegar al portal, un súbito resplandor dorado me hizo cerrar los ojos. Me paré mientras los abría lentamente. Entonces, vi la calle. Estaba completamente desierta. A las diez de la mañana de un lunes, la vida había dejado de surcar aquel rincón de la ciudad.

Crucé para tomar mi café en el bar de enfrente, último bastión de los años ochenta en el barrio. Anxo lo odiaba. Dirigí la mirada hacia mi izquierda para comprobar que no pasara ningún coche: fue absurdo, tampoco ningún vehículo atravesaba la calle.

Noté cómo un súbito hálito de temor irrumpió en mi pecho en el instante en que abrí la puerta. Lo había hecho con ímpetu, pero nadie parecía haberlo notado. Todas las personas allí presentes observaban hipnotizadas la televisión. Era un mar de grotescas imágenes, como sacadas de algún macabro cuento infantil.

Caminé hacia la barra mientras me volvía para ver la televisión: un hombre enjuto y de mediana edad, con pelo entrecano y gafas sin montura, miraba angustiado a la cámara. Estaba de pie tras un atril del que salía un micrófono; detrás, un fondo de relajante color azulado que conocía muy bien. No recordaba su nombre; un político más dando una rueda de prensa. Pero algo llamó mi atención: parecía que había estado llorando. Pronto comprendí que no era así.

—No sabemos a qué se debe este… suceso —anunció con voz temblorosa.

Tenía una expresión suplicante, y miraba hacia los lados como si temiera que algo horrible fuera a suceder. Su frente resplandecía de sudor y eso le daba un aspecto aún más demacrado. Hizo una pausa en la que pareció recuperarse un poco, tomó aire y continuó:

—Lo que sí les puedo asegurar es que no tenemos ningún mie…

Antes de que pudiera terminar la frase, una inesperada sacudida le hizo encogerse hacia adelante y agarrarse al atril, como si alguien le hubiera dado un empujón. La escena sucedió a cámara lenta, como en esas películas en las que el héroe es abatido de forma trágica y cae al suelo malherido. Aunque esa vez, la víctima no era el héroe.

Lo que ocurrió a continuación fue algo que ninguno podríamos olvidar: un enorme y reluciente huevo duro asomó tímido por la boca del hombre ante el asombro de los periodistas, que comenzaron a lanzar un enjambre de flashes sobre él.

El silencio se rompió por los gritos, interjecciones y otros sonidos que no consigo describir, de todos los clientes y personal del bar.

El hombre se quedó mirando hacia los lados impotente, con los ojos llorosos y la cara enrojecida. El programa repitió las imágenes del instante en que el huevo aparecía por su boca. En la televisión, un faldón de color rojo con letras blancas notificaba, claro y simple, lo que ya todos habíamos descubierto perplejos aquella mañana:

«LOS POLÍTICOS NO PUEBDEN MENTIR»

Ni los periodistas lo podían creer. Habían escrito mal la frase.

De repente, algo se retorció dentro de mí. Fue como una patada dentro del estómago, un nerviosismo creciente. Pude sentir cómo nacía en mis entrañas e iba ascendiendo hasta mi cabeza.

Me dirigí hacia la puerta y salí con el mismo impulso con el que había entrado. Metí la mano en el bolso, saqué el móvil y marqué el último número de las llamadas recientes. Lo hice todo en un movimiento, como si temiera que, de pensarlo un segundo más, me acobardaría. Cinco tonos más tarde, Anxo contestó.

—Anxo, ¿tú me quieres? —le lancé sin esperar a que hablara.

Parecía nervioso. No le quise dar tiempo para pensar; sólo lo pregunté, aunque ya sabía la respuesta.

—Contéstame —insistí.

—¿Pero qué dices?

Un breve silencio, antes de una inspiración profunda, fueron su primera reacción.

—Cariño, pues claro que te…

Un sonido gutural le hizo interrumpir la frase.

Colgué el teléfono, lo apagué y entré en el bar. Me pedí un café grande. Solo

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MT Pereiro

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