UN LUGAR PARA LAS MUSAS

 

“No hay nada más elevado que acercarse a la divinidad hasta dónde otros no llegan y, desde allí, irradiar los efluvios divinos sobre el género humano”

van Beethoven

El hombre, desde que nace hasta que muere, vive ligado a dos campos de acción indisociables. Primero su realidad exterior, el entorno en el que tienen lugar sus acciones y segundo, su ser interior, el conocimiento y evolución de su persona. Todos sabemos que en nuestros primeros años de vida la mayor parte de nuestro tiempo la dedicamos a descubrir y experimentar con nuestro entorno, conocer las posibilidades que este ofrece y generar un escenario tangible sobre el cuál construir y refinar nuestra memoria. A medida que crecemos, nuestro entorno cobra familiaridad en nuestra persona hasta el punto de considerarnos una extensión del mismo. Nuestras circunstancias, nuestra realidad pasa a formar parte de nuestra existencia de un modo indiscutible. Dejamos de cuestionarnos con tanta severidad las propiedades del mundo en el que vivimos para empezar a cuestionarnos de esa manera a nosotros mismos. Nuestros estados, nuestra personalidad y nuestras reacciones albergan todo lo que nos produce la existencia en esta realidad conferida. Todo empieza a formar parte de una rutina y en ella a veces, huimos de nosotros mismos pero el ser humano no existe sin una experiencia sensible. El arte se consolida como un refugio para sentir y el sentimiento conlleva un estado de reflexión. Las artes nos conmueven, por tanto con ellas descubrimos nuestra capacidad de experimentar.

adam anderson estampado

Lo que diferencia al ser humano de otras criaturas, es la capacidad de la que este dispone para crear cultura, a través de una cultura determinada, el hombre puede disfrutar de un legado, el aprendizaje y las creencias adquiridas lo acompañan, se mantienen vivas gracias al soporte que consolida la cultura, a pesar de que el individuo (el del descubrimiento) deje de existir. Y es en este legado en el que se mueve el arte, la obra de arte como tal no deja de ser un elemento de comunicación (sea pintura, música, danza…) lo que trasmite en él es el sentimiento, la búsqueda interior del artista. Entendemos el arte cuando nuestra búsqueda interior coincide con la del autor, la obra materializa la búsqueda privada de este. La obra de arte produce la evocación de sentimientos que remiten a nuestro ser sensible. El arte nos hace más nobles, más puros.

Tal vez lo que mantiene vivo al arte a través del tiempo, no sea más que ese misticismo que rodea la creación del artista. Este únicamente actúa como herramienta del mismo modo que la obra lo hace como elemento de comunicación. La obra artística se entiende como la imagen tangible que hace público el sentimiento privado que alberga, el sentimiento generado en el artista que lo llevó a crear. La comunicación ofrecida por la obra se completa con la interacción de quién la contempla, este sentimiento crea la magia al manifestarse en el espectador sensible.

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Las obras de arte actúan en la alteración de la conciencia del adulto al igual que el mundo exterior lo hace sobre un niño. Atienden a un fin superior, a un estado descubierto

que embruja y conquista al artista para poder manifestarse, para poder ser contemplado y admirado. No hay artista sin musa y las musas crecen de un vínculo con el artista. Apoyando la cita inicial de Beethoven hacemos caso de la conquista y selección que esa “magia mística” ejerce sobre nosotros como ofrece la creación artística la representación de un legado superior que nos ha sido confiado. A través del arte experimentamos y sentimos una búsqueda interior que alza y comprende la existencia de la belleza, de la divinidad. Las musas, o inspiración resurgen del brote de la creatividad irracional e inconsciente, entregando al artista el aliento de vida, de sentimiento. Sin inspiración, solo queda la expiración.

La experiencia mística, muestra al hombre el crecimiento de sí mismo. El ser humano, durante toda su vida lucha contra los enigmas que le ofrece la naturaleza de su ser. Experimenta su propia evolución del exterior al interior y una vez superada la infancia, reconocido y estructurado en la memoria el conocimiento adquirido en los primeros años de vida sobre el entorno en el que se mueve, pelea contra las barreras interiores que el mismo crea en contra de un conocimiento superior, de un estado superior de conciencia. Tras haber aprendido a moverse en un exterior tangible y material e instaurar este como la plataforma “normal” sobre la cual vivir, el conocimiento místico se muestra innaccesible e irracional. Es entonces cuando el hombre hace uso de escenarios, de  representaciones de distinta naturaleza para manifestar su conquista del estado inconsciente.

También este camino, como costumbre de nuestro modo de acción, lo relacionamos y ligamos a elementos tangibles, le damos nombre y vestimos para recurrir a él con frecuencia y sin miedo a la locura. Redirigimos nuestra comprensión de haber alcanzado ese estado hacia un sentimiento de evocación a través de algo, normalmente material, como un escenario o una persona pero también abstracto como un sentimiento o una sensación. Él poder sobre este camino una vez hallado es nuestro pero a veces, es nuestra propia consciencia la que se niega el privilegio de un mayor conocimiento. Tal vez seamos nosotros quienes escogemos elementos sobre los cuales proyectar nuestras musas, o tal vez escojan ellas a alguno de nosotros sobre el cual poder proyectarse.

 

“Qué suerte haber conservado el legado del mito antiguo, aquel que abre nuestro conocimiento a otra realidad, a otro modo de comprensión; aquel que con su poesía y su metáfora despierta en nosotros una cualidad intuitiva, una imagen invisible que nos cuenta algo que la razón tal vez no comprende, pero que el alma sí”

Platón

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Bea Zurro Vigo

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