El Cliché

– ¿Dónde demonios se encontraba entre las siete y las ocho? ¡Venga, responda! ¡Sabemos que lo hizo Trevor así que no trate de negarlo.

Mientras el comisario McBalinster gritaba una y otra vez, no podía parar de repetirme que aquello me sonaba. No tenía ni idea de cómo había llegado hasta la sala de interrogatorios, tampoco tenía muy claro qué era lo que había hecho, pero todo me resultaba familiar.

Entretanto el compañero de McBalinster acercó mucho el foco a mi cara y ya se olían los pelos de mis bigotes quemándose.

–  Quiere que le haga hablar, jefe, estoy seguro de que puedo hacerle hablar – le dijo al comisario mientras masticaba tabaco y trataba de intimidarme.

– Bah, déjalo en paz Lewis. Seguro que si lo dejamos sin comer hasta mañana se le refresca la memoria -respondió el jefe.

Así que Lewis me escupió su tabaco, me dio dos bofetadas suaves y le pegó un empujón a la silla para hacerme caer.

El Cliché copia

El golpe me abrió una herida, superficial pero sangrante, con tan mala suerte que empezó a nublarme el ojo izquierdo y apenas pude ver como me dejaban solo.

Durante un buen rato traté de hacer memoria, ¿cómo me habré metido en esto?, me decía, pero nada. Estaba seguro de que me habían drogado y ahora trataban de endosarme alguna barbaridad. En medio de un océano de dudas, el agotamiento me venció y me dormí.

De repente me vi a mi mismo espiando a una chica voluptuosa que tomaba el sol con un bikini de piel de ciervo bajo dos palmeras. Era impresionante. Las palmeras dejaban el hueco exacto para que la rubia encajase a la perfección entre sus sombras, parecía un efecto de postproducción.

Cuando quise acercarme para mantener una agradable charla sobre simetría, un felino de dimensiones gigantescas se plantó ante la chica con malas intenciones. Ella se levantó y trató de defenderse pero no pudo hacer nada, aquel gato inmenso la inmovilizó con una pata y comenzó a lamerla sin parar. Con una mueca entre el dolor y el gusto, aquella imitación de Raquel Welch me miró fijamente y sus palabras me helaron la sangre:

– Recuerda Trevor, debes recordar quien eres.

Aquella escena espeluznante me hizo despertar angustiado. Las palabras de aquella belleza envuelta en pieles me estaban haciendo pensar mucho. ¿Quién soy? ¿Por qué todo me resulta tan familiar?

Sin tiempo para respuestas la puerta de la sala se entreabrió. Al principio la luz me cegó un poco, siempre he creído que soy un poco fotosensible, como los negativos, no como las personas cenizas sino como…da igual…la puerta se abrió y entró un niño malayo con una camiseta sucia y una gorra de los 76ers.

– Vamos Trevor, tenemos que salir de aquí – me dijo con un marcado acento malayo – no nos queda tiempo.

– Vale, ya me da igual quien seas, ¿podrías al menos soltarme las manos?

Con muchísima más facilidad de la que cabría esperar, en un par de minutos estábamos en la calle y empecé a imaginar lo que ocurría. Estábamos en Chinatown, coches antiguos, gente por todas partes sospechando unos de otros y un montón de bicitaxis conducidas por chinos. Si estaba allí algo estaba claro, estaba metido en algo misterioso.

A la vez que mis neuronas seguían trabajando con tanta intensidad, el niño malayo señaló a un tipo con una gabardina negra y empezó a vociferar.

– ¡No señales, niño, que es de mala educación! – le dije.

– Es aquel hombre, Trevor, aquel hombre lo sabe todo – insistió él.

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El hombre enigmático se subió en un coche y comenzaba a alejarse. Siguiendo un impulso natural me apropié de la primera bicitaxi que pasaba dándole un patadón al chino que la conducía que se quedó maldiciéndome desde el suelo.  Según me alejaba escuché por última vez al niño que me había liberado:

– Descubre la verdad Trevor y lib….- y ya no escuché más porque en Chinatown siempre hay mucho ruido.

La persecución tardó muy poco en convertirse en vertiginosa. Esquivé puestos de naranjas, gente transportando cristales, una camioneta llena de pollos y por supuesto los disparos del fulano de la gabardina.

Al llegar a un almacén abandonado el tipo se detuvo y se metió dentro a toda prisa.

En cuanto entré sentí una congoja terrible. Las paredes estaban cubiertas por cientos de espejos diferentes, unos me hacían gordo, otros flaco y otros que mi reflejo se extendiese hasta el infinito. Para terminar de complicarlo todo era muy laberíntico.

– ¿Lo vas entendiendo ya, Trevor? – dijo alguien oculto y con un megáfono de los buenos.

– ¿Qué es lo que tengo que entender? ¿qué es todo esto? ¿quién eres? – respondí sin apenas dejar espacio para las respuestas.

Lo único que recibí fue una carcajada siniestra mientras notaba como a mi espalda se deslizaba una sombra muy veloz que trataba de confundirme todavía más

– ¡Acabemos con esta locura!, dime qué pasa para que pueda irme a cenar tranquilo.

– Como quieras – sonó el tipo a mi espalda.

Y me di la vuelta, ahora que sé las consecuencias hubiera sido mejor no haberlo hecho, pero lo hice y me encontré conmigo mismo. El señor misterioso de la gabardina negra era yo mismo.

– Soy tu yo del futuro – me dijo mi yo del futuro – y he venido a advertirte de algo que he descubierto.

– Venga, no me jodas.

– No eres real Trevor, eres un ente formado por la falta de inspiración, eres un cliché, un arquetipo poco trabajado y vives en un mundo de tramas previsibles.

– ¡Eso es mentira! – dije muy afectado.

– Lo ves. Eres incapaz de sorprender – se pavoneó mi yo del futuro – sólo dices lo que los demás necesitan de ti ¿no te das cuenta? Llevas todo el día con esa sensación ¿verdad? Parece que todo lo has vivido, que ya lo has visto.

– ¿Cómo puedes saber eso?

Mi yo del futuro carraspeó y evitó contestar, me sonrojé un poco y continuamos.

– ¿Para qué estás aquí?

– Debes sacrificarte y librar al mundo de toda esta falta de originalidad, debes derribar todas las ideas recurrentes, dinamitar todo este plano para que la creatividad vuelva a fluir y existan de nuevo las grandes historias.

– ¿Pero cómo voy a hacer yo eso?, sólo soy un tipo normal.

Mi yo del futuro metió la mano en el bolsillo y extrajo un pequeño cristal verde con un brillito dorado muy curioso en el centro.

– Tienes que coger este cristal, arrojarlo al Pozo Llameante Envuelto En Nubes De Azufre y esperar a que explote. Será un camino difícil, el pozo está protegido por las hordas del Sacerdote Supremo, un tipo muy malo que quiere arrebatar las buenas….¿eh? ¿qué haces?

– Lo siento pero no – le dije a mi yo del futuro mientras abandonaba el laberinto de espejos.

– ¿Cómo que no? Es tu… destino… digo… es nuestro… digo… somos el… digo… somos los elegidos.

Me giré y le pegué un puñetazo en los morros y antes de caer al suelo ya se había desvanecido. Nunca más le volví a ver. Aquel día aprendí que quizás era un tipo previsible, con una vida un tanto vacía y diálogos poco trabajados, pero ¡diantres! Mejor eso que nada.

Desde aquel día me dedico a espiar desde la lejanía a aquella chica rubia recubierta de pieles de ciervo. Espero atreverme en algún momento a hablarle de la simetría.

Blog de Fernando Llor

Ilustraciones: Sozosuru

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Fernando Llor

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