El Diseño

ESA UTOPÍA PERVERSA

El Arte ha muerto. ¡Viva el Diseño!

Parece ser que, tras la era de la muerte del Arte – pronosticada ya por Hegel o Adorno, y más recientemente por el crítico Arthur Danto – todo lo que nos queda es el Diseño. Las vanguardias utópicas de principios del siglo XX (y aún antes el art nouveau, en Francia, o el Arts & Crafts en Inglaterra)  tenían, pese a sus divergencias, un objetivo común: unir arte y vida. Se trata del gran proyecto utópico del arte que hunde ya sus raíces teóricas en el Romanticismo; la fusión íntima de lo estético y lo cotidiano como forma de emancipación social; la estetización de la existencia, de los modos de vivir como utopía artística. El surrealismo defendía “vivir de forma surrealista”, unido además a la lucha revolucionaria antiburguesa. La Bauhaus y el constructivismo ruso buscaban la reunión de las artes industriales empleadas en el proyecto de una nueva humanidad y de una revolución de los modos de producción, de comportamiento y vida. El diseño urbanístico, arquitectónico, de los objetos cotidianos y de las situaciones relacionales entre individuos, parecían un campo de acción donde alcanzar la libertad; el arte como revulsivo y educador moral de una nueva promesa de humanidad. Urbanismo, arquitectura y diseño industrial habrían de generar una nueva sociedad, donde el arte, entendido no ya como obra del genio, sino como forma de lo cotidiano, sirviera como vía emancipatoria de una humanidad oprimida. Pero… ¿Qué ha quedado de esto? ¿Qué ha pasado con la utopía del Diseño?

Aquella romántica idea de liberación de la humanidad mediante el diseño ha devenido hoy en una perversa ideología de consumo. Se viene observando cómo el diseño, lejos de servir a la utopía de las vanguardias, ha resultado ser un fiel cómplice del desarrollo de los modos de consumismo del capitalismo tardío. En la lógica esquizofrénica del mercado, el diseño produce simultáneamente (falsas) ofertas de emancipación individual a la vez que nos sumerge en la esclavitud de las modas ; un caso flagrante de esta esquizofrenia cínica: el ya paradigmático y ubicuo merchandising del líder comunista Che Guevara.

En esta nueva era del capitalismo tardío del hiperconsumo, el todopoderoso diseñador (lo llamaré el Big Designer parangonando el Big Brother) ya no es artífice únicamente de objetos físicos, sino también de relaciones, situaciones, comunicaciones y dinámicas sociales mucho más complejas: Es el que ordena y moldea los flujos de información en esta sociedad cada vez mas líquida y sujeta al discurrir de los mismos . Pero no sólo las relaciones entre los sujetos y los objetos son producto de diseño: el mismo Sujeto construido de la Posmodernidad ha devenido en Sujeto-Diseñado, ya sea por el make-up, la ropa, el peinado, o el más profundo y aterrador diseño genético. En esta lógica: somos en tanto y cuanto nos cosificamos en productos. Nos maquillamos, nos vestimos a la moda, nos teñimos, nos tatuamos… en definitiva: nos auto-diseñamos continuamente, a la vez que permitimos que se nos diseñe. Lo que parece una conquista de “autenticidad” y de “personalidad propia”, se convierte rápidamente en esclavitud de la imagen. Lo que prometía ser, a principios del siglo XX, una vía emancipatoria de la humanidad ha resultado ser la trampa mortal del capitalismo.

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El coche Ford.

Decía Adolf Loos, en su clásica obra Ornamento y Delito, que el ornamento del art nouveau impedía al trabajador emanciparse, debido a que éste ha de perder tiempo de trabajo en filigranas que no se ven remuneradas ni resultan útiles para él, sino que son un mero lujo burgués.  Según Hal Foster(1), eso mismo (de forma mucho más perversa) ocurre hoy con el diseño. Y es que el envoltorio, el ornamento,  el marketing – el diseño al fin y al cabo – se ha convertido en la mercancía real, frente al objeto en sí. Cuando compramos un producto, no compramos el objeto, sino el diseño que lo envuelve, la ideología con que el marketing lo reviste (¿compras la coca-cola o el sentimiento juvenil y fresco al que su publicidad apela?). No sólo la mercancía es ya más diseño que objeto, sino también nosotros mismos como Sujetos. En consecuencia, caemos en la trampa consumista, en la esclavitud fanática de la moda, de lo efímero, de lo actual; pues este Sujeto Diseñado está sometido a una continua actualización de sí mismo y su entorno. ¡Debe alimentarse la gran máquina del capitalismo! Pero … ¿cómo se produce esto? Es una vieja historia. Desde principios de siglo, en la incipiente sociedad posindustrial capitalista norteamericana – que ha funcionado como modelo global – surgía una problemática: ¿ Cómo aumentar las ventas en la fábrica de Ford una vez todo el mundo tenía ya un coche? La ocurrencia fue genial: hagamos un “nuevo” coche Ford, cambiémosle el envoltorio y pongamos un nuevo slogan: “¡El nuevo Ford: más Ford, más nuevo!”. Con esta simple operación, se aumentaban las ventas estrepitosamente vendiéndole a la gente el mismo coche una y otra vez, cada tantos años, cuando en realidad, salvo por el design , era exactamente el mismo objeto.

Por tanto, el diseño ha formado siempre parte indesligable del Hiperconsumo (la forma de consumo que no se revela utilitaria, sino consumista per se). Comprar por comprar. Comprar mil y una veces la misma cosa disfrazada de otra. Y el diseño mantiene esta máquina viva, una vez se ha desligado del referente físico al cual aludía en principio. Ya no compras el producto (el coche, el móvil, la nevera) sino que compras su imagen. ¿Y por qué esto ha matado el arte, como se dijo al principio? Porque se ha cumplido de forma perversa la utopía de la Bauhaus. El mundo ha sido total y absolutamente estetizado-diseñado. Cuando todo es objeto de diseño: nuestra casa, nuestra ropa, nuestro ADN, nuestras relaciones, nuestro cuerpo etc., ya no es necesario el Arte, puesto que la vida y el Arte, (el modelo y la copia) ya no se distinguen entre sí. El Arte ha muerto en tanto y cuanto el diseño ha ocupado su espacio y se ha puesto en manos de la estrategia del Hiperconsumo.  Apoteosis de la mímesis en la glorificación del simulacro. Pero aún hay otra vuelta de tuerca.

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El Huevo Kinder.

El Diseño es ya el modo de ser del consumo. Pero éste tiene una faceta aún más compleja. Parece imposible ya acceder al objeto en bruto, la mercancía, el objeto en sí, pues éste se esconde tras una infinita serie de envoltorios-diseño, que nunca podremos sortear, puesto que conforma el mundo mismo en el que vivimos. ¿Pero qué pasa cuando, detrás del envoltorio del design… no hay nada? Ni el mismo coche, ni el mismo electrodoméstico…. sino…. NADA.  Es la formidable paradoja del Huevo Kinder, señalada por Slavoj Zizek (2). Y es que… ¿qué estamos comprando cuando, como inocentes niños, pedimos 100 pesetas a nuestra madre para adquirir este prodigio del diseño y el marketing llamado Huevo Kinder Sorpresa? ¿Estamos simplemente comprando una ínfima porción grotescamente overpriced de chocolate? La aterradora verdad del Huevo Kinder es que no estamos comprando chocolate, estamos comprando una promesa. ¿de qué? De felicidad y sorpresa (recordemos la canción). ¿Pero qué se revela una vez desechamos el chocolate y abrimos la cápsula? Un absoluto centro vacío, un juguete de plástico que simboliza la más absoluta ausencia, la Nada total. Estamos comprando el diseño de una emoción; emoción diseñada para las niñas y los niños que, en su ingenuidad, son llevados a la lógica del deseo por el deseo, base del hiperconsumo. No queremos el chocolate – es una mera distracción – queremos el deseo de desear un “algo más” que, cuando abrimos la “surprise”, se revela como un juguete de plástico efímero que no nos satisface mucho tiempo y nos prepara adecuadamente para adquirir otro huevo, otra promesa de felicidad que nunca se consuma.

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Simulacros vacíos.

Siguiendo a Baudrillard(3), podemos asegurar que todo lo que acontece no es ya sino previamente diseñado en su acontecer. Es decir, que el diseño es la consecuencia lógica de un mundo totalmente administrado como simulacro de sí mismo, con un centro-referente que ya no es nada. Una nueva cosmogonía de lo Hiperreal (más real que lo real), esto es, convertido en producto de diseño, nos invita a pensar en una ontología económica, al estilo de Gunther Anders(4), donde “lo-que-es, es aquello que se produce en tanto producto”. Añadiría yo: lo que existe, existe por definición como producto de un diseño. Si no es así, no existe. Incluso las experiencias de “autenticidad” que suelen darse en paquetes turísticos, están diseñadas de antemano, produciéndonos una nostalgia demoledora, como al pasear por Disneyland. Todo es ya lo mismo: Simulacro, experiencia turística, banal y prediseñada. Es absolutamente imposible escapar al Diseño, tanto (o probablemente más) que del capitalismo. Así,  se nos impone una pregunta moral, una cuestión ética que muchas veces no queremos admitir:  ¿Qué hacer con(tra) el Diseño?

 

The Dude.

¿Es posible devenir in-diseñables?. ¿Queda espacio, algún escondrijo, en el que pueda emerger algo que no nazca ya como cosa, como producto, y como simulacro? Tal vez debamos aceptar que hoy el Diseño es nuestra forma de vida; entregarnos así al simulacro de la experiencia, conectarnos a lo Virtual, dejar que un Gran Otro gobierne y gozar con Coca-cola (Enjoy!, That’s it). O bien por el contrario podemos sustraernos a esta lógica, sin caer en nostalgia de un pasado previo al Diseño, y tratar de ser impredecibles, molestos para ese plan del Big Designer. Tal vez se trate de devenir ingobernables, indiseñables e improductivos. ¿Cómo? El personaje the Dude de la película The Big Lebowsky podría ilustrarnos al respecto. Podemos probar a ser vagos, anacrónicos, anticuados, viejos, feos, ir mal vestidos, sin maquearnos, en bata, sucios,  no comprar, no tener empleo,  ser unos fracasados, unos outsiders, unos pringados. Quizá en la marginalidad, en los suburbios, en las cloacas… nazca una flor del siglo, de un color que no esté en el pantoner. Quizá ser un auténtico anti-capitalista pase hoy por ser genuinamente in-diseñado.

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Referencias:

1. FOSTER,Hal, Diseño y delito, ed. Akal, 2005.

2. ZIZEK, Slavoj, Arriesgar lo imposible. Conversaciones con Glyn Daly. ed. Trotta, 2006.

3. BAUDRILLARD, Jean, Cultura y Simulacro, ed. Kairós, 1978.

4. ANDERS, Günther, La obsolescencia del hombre. ed. Pre-textos, 2011.

Guillermo Rodríguez Alonso

Graduado en Historia del Arte por la Universidad de Santiago de Compostela, Máster en Estudios Comparados por la UPF y Doctorando en Filosofía Contemporánea por la USC. Natural de Vigo y residente en Val Miñor.

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