Gestos volátiles que lo cambian todo

Me estaba enseñando la lengua. Aquella mocosa, aparentemente inocente, había echado por tierra la poca tranquilidad que llevaba conmigo. Giré la cabeza para ignorarla y comencé a ver a través de la ventanilla, sin prestar apenas atención al inhóspito paisaje que íbamos dejando atrás. Del ingente conglomerado que ocupaba el tren, me había tocado compartir espacio precisamente con aquella niña que no había parado de sacarme de quicio, cuyos padres hacían caso omiso de sus continuas pataletas en lugar de sacar el látigo de una vez por todas. A pesar de que yo había cerrado mis oídos, ella continuaba. Y no cesaba en su empeño de importunarme escupiendo preguntas. Los niños y las preguntas. Interrogantes, los amigos imprescindibles de la infancia. Creí que no aguantaría mucho más y a punto estuve de abrir la boca para silenciar la suya. Hasta qué ocurrió. Nadie lo había percibido aunque probablemente todos lo hubiesen visto. Un gesto volátil, casi imperceptible. Y sin embargo, contra todo pronóstico, yo lo sentí. Su mano, pequeña e inocente, agarró la mía sin pedir permiso. Y sentí. Quise regresar a la niñez de los días largos, sin el desasosiego, sin la necesidad imperiosa de ser alguien. Sólo feliz. No querría regresar de aquellos días en blanco y negro, de mi ensoñación repentina y, a pesar de todo, estaba más despierta que nunca. Todo gracias a ella, que me hizo dar un giro de ciento ochenta grados con su gesto arbitrario.

A través del cristal, el tren circulaba a gran velocidad, dejando atrás áridos lugares a los que no presté atención. Porque no tuve la necesidad de girar la cabeza. Aquello estaba fuera y con cada centímetro recorrido ya era pasado. Sin embargo, dentro había mucho. Y no lo podía dejar escapar.

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Los pájaros de mi cabeza

Lil Abi y Ruth Oliveira

 

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